Wir dokumentieren die spanische Übersetzung eines Artikels von M. Lautréamont zur Lage in Venezuela. Die deutsche Version erschien bei Analyse & Kritik: Ein neuer Krieg um Öl? – Was Erdöl mit der Entführung des venezolanischen Präsidenten durch die USA und dem Scheitern der lateinamerikanischen Linksregierungen zu tun hat
Französische Übersetzung / Traducción al francés: Une nouvelle guerre pour le pétrole ?
La intervención militar estadounidense en Venezuela, ocurrida el pasado 3 de enero, volvió a situar en el centro del debate internacional una vieja cuestión: el papel del petróleo como recurso estratégico en la geopolítica contemporánea. Desde hace décadas, las cadenas globales de suministro descansan sobre la producción petrolera, no solo como base del sistema energético mundial, sino también como insumo indispensable para la fabricación de bienes intermedios en múltiples ramas industriales.
En un contexto de creciente militarización de las relaciones internacionales, el petróleo adquiere además una relevancia específica: la logística bélica moderna —desde el transporte hasta la operación de sistemas militares complejos— sigue dependiendo de manera estructural de los combustibles fósiles. Esta centralidad estratégica se ve reforzada por una demanda energética global que no deja de aumentar, impulsada, entre otros factores, por el auge de megaproyectos vinculados a la inteligencia artificial, cuyo consumo energético es extraordinariamente elevado.
En este marco, Venezuela ocupa un lugar potencialmente decisivo. Con cerca del 17 % de las reservas probadas de petróleo, el país alberga los mayores yacimientos del planeta. Sin embargo, ese enorme potencial contrasta con el colapso de su producción: entre 2013 y 2021, la extracción se redujo drásticamente, pasando de aproximadamente 138 millones de toneladas a apenas 34,5 millones.
Aunque en los últimos años Venezuela fue reorientando progresivamente sus exportaciones hacia China, Estados Unidos continuó siendo un comprador relevante hasta 2019. Sin embargo, la imposición de sanciones y aranceles provocó que una parte considerable de esas exportaciones se paralizara.
Ahora bien, desde la perspectiva estadounidense, la cuestión del abastecimiento difícilmente puede considerarse central. A diferencia de 2003 —cuando, en el contexto de la invasión de Irak, Estados Unidos importaba cerca de la mitad del petróleo que consumía—, el país se ha consolidado desde hace casi una década como el mayor productor mundial y, al mismo tiempo, como exportador neto. Bajo estas condiciones, una estrategia motivada principalmente por intereses económicos inmediatos resulta poco verosímil.
En el corto plazo, no cabe esperar ni un aumento significativo de la producción venezolana ni una eventual inundación del mercado mundial con petróleo barato. Un escenario de ese tipo exigiría años de inversiones masivas y la reconstrucción integral de una infraestructura de extracción profundamente deteriorada. En la actualidad, Chevron es la única gran petrolera estadounidense que continúa operando en el país, y no está claro que otras empresas estén dispuestas a comprometer capital a largo plazo en un entorno marcado por una inestabilidad política persistente.
En un escenario geopolítico cada vez más tenso, marcado por la confrontación entre el bloque de poder occidental liderado por Estados Unidos y una alianza rival en la que China, India y Rusia desempeñan un papel central, la operación militar estadounidense en Venezuela resulta menos inteligible como expresión de una estrategia económica coherente que como una demostración de poder con un doble efecto. Por un lado, reafirma la capacidad de Estados Unidos para imponer, por medios políticos y militares, las condiciones bajo las cuales se organiza la extracción y el control de los combustibles fósiles; por otro, debe interpretarse como un intento de contener la creciente influencia de China en la región y de estabilizar la primacía estadounidense en su tradicional esfera de influencia.
Las condiciones políticas actuales parecen especialmente propicias para este tipo de intervención. La ofensiva estadounidense se inscribe en un proceso más amplio de reconfiguración del mapa político latinoamericano, en el que gobiernos de izquierda han sido desplazados por gobiernos de derecha, autoritarios en lo político y abiertamente ultraliberales en lo económico.
En este marco, resulta secundario si la estabilización de los modelos de producción fósil constituye una intención estratégica explícita o si emerge como un efecto colateral de una renovada pretensión de dominio sobre América Latina. Lo verdaderamente decisivo es que una eventual reinversión en la explotación de las mayores reservas de petróleo del mundo contribuiría a reforzar las relaciones de producción fósiles y, con ellas, el orden del que ha emanado históricamente el poder geopolítico estadounidense. Todo ello ocurre, además, en un momento en que China se perfila como actor central en la posible configuración de un régimen de acumulación postfósil, particularmente en sectores clave como la energía solar y la movilidad eléctrica.
El socialismo del siglo XXI
Precisamente porque una parte significativa de la izquierda interpreta la intervención estadounidense como una confirmación del clásico esquema antiimperialista de amigo y enemigo, resulta necesario examinar con mayor detenimiento el proyecto político que durante años fue presentado en Venezuela como alternativa a la hegemonía de Estados Unidos. El llamado socialismo del siglo XXI encontró su punto de quiebre con el secuestro de Nicolás Maduro, aunque sus promesas venían erosionándose desde mucho antes.
Su emergencia, a finales de la década de 1990 en Venezuela, marcó el inicio de una nueva oleada de gobiernos de izquierda en América Latina, caracterizada por un discurso antiimperialista y una fuerte centralidad del Estado. Para amplios sectores de la izquierda internacional, Hugo Chávez encarnó entonces la expectativa de una renovación histórica del proyecto socialista, asociada a la idea de un bloque de Estados capaces de disputar la dominación estadounidense en la región.
Junto a Chávez en Venezuela, figuras como Rafael Correa en Ecuador y Evo Morales en Bolivia accedieron al poder con el respaldo de amplios sectores sociales que habían padecido durante décadas la pobreza estructural, el deterioro de la infraestructura social y una persistente inseguridad económica. La base social de esta nueva izquierda estuvo compuesta, según el contexto nacional, por distintas fracciones de las clases subalternas: en Bolivia y Ecuador, principalmente el proletariado rural y las comunidades indígenas; en Venezuela, sobre todo los sectores urbanos empobrecidos, los trabajadores informales y los habitantes de barrios populares.
La política económica de estos gobiernos presentó rasgos comunes, en particular el sometimiento de los principales sectores extractivos a un mayor control estatal, generalmente mediante nacionalizaciones parciales y modelos de participación mayoritaria. En Venezuela y Ecuador, este giro afectó sobre todo a la industria petrolera, mientras que en Bolivia se concentró en la nacionalización de la producción de gas natural. A través de las empresas energéticas estatales se mantuvieron, no obstante, los acuerdos con las corporaciones transnacionales, sin romper la integración de estas economías en el mercado mundial.
El ciclo de altos precios de las materias primas hizo posible la implementación de amplios programas sociales y garantizó, al menos en una primera etapa, estabilidad política y un respaldo social considerable a estos gobiernos. Sin embargo, especialmente en Ecuador y Venezuela, la fuerte dependencia de los ingresos petroleros dejó al descubierto la fragilidad estructural de este modelo. Con la caída de los precios —agravada por el descenso de la producción, la mala gestión y la corrupción— se intensificaron las tensiones sociales, acompañadas de un ejercicio del poder cada vez más autoritario.
Estos proyectos, además, nunca estuvieron completamente al margen de las dinámicas imperialistas. La dependencia no desapareció; lo que se modificó fue, ante todo, su orientación geopolítica, desplazándose de Estados Unidos hacia nuevos socios, en particular China y Rusia, con los que se suscribieron acuerdos estratégicos. La tensión persistente entre el extractivismo, el elevado gasto social, las demandas de las clases trabajadoras y los límites ecológicos fue erosionando progresivamente el consenso social que había sostenido a estos gobiernos.
El surgimiento de la boliburguesía
A partir de los nuevos acuerdos energéticos se configuró, especialmente en Venezuela —aunque no de forma exclusiva—, una nueva clase de beneficiarios de la renta petrolera, integrada fundamentalmente por altos mandos militares y funcionarios del aparato estatal. Una proporción creciente de los ingresos derivados de las exportaciones terminó canalizándose hacia intereses privados, dando lugar a lo que se conoció como la boliburguesía.
Este grupo pasó a encarnar, tanto a nivel interno como internacional, el símbolo de la corrupción y de la creciente concentración autoritaria del poder en Venezuela. La persistencia de la dependencia extractivista, el progresivo desmantelamiento de los sistemas de protección social, el debilitamiento de los derechos laborales y la represión sistemática de sindicatos independientes y movimientos sociales marcaron de manera cada vez más visible la orientación del gobierno de Nicolás Maduro.
Sin embargo, el autoritarismo del gobierno venezolano no constituye en sí mismo un obstáculo para Estados Unidos, aunque sea invocado —junto con la retórica de la lucha contra las drogas— como justificación formal de la intervención. El interés central de Washington reside, más bien, en la reorganización geopolítica de la región. La producción petrolera venezolana permanece estancada, la infraestructura se encuentra gravemente deteriorada tras décadas de mala gestión y una parte sustancial de las exportaciones restantes se dirige a mercados no occidentales, en particular a China. En este sentido, la intervención debe entenderse menos como un intento de control directo del mercado que como una señal destinada a reafirmar la pretensión estadounidense de hegemonía en América Latina y de influencia sobre los mercados energéticos globales.
La izquierda y el antiimperialismo
Es previsible que ciertos sectores de la izquierda interpreten cualquier crítica al llamado socialismo del siglo XXI o a la burguesía militar-petrolera venezolana como un respaldo implícito a las potencias occidentales. Sin embargo, este esquema simplificador —en el que de un lado se sitúan los “imperialistas malvados” y del otro una soberanía nacional supuestamente emancipadora— resulta profundamente problemático, porque desplaza del foco las relaciones de clase concretas que estructuran la sociedad venezolana.
Cuestionar este marco no implica, en absoluto, legitimar los ataques de Estados Unidos. Tales intervenciones pueden desencadenar una peligrosa escalada de tensiones internacionales y constituyen, una vez más, una expresión de la imposición sin escrúpulos de intereses geopolíticos, una constante en la historia de la política exterior estadounidense.
Al mismo tiempo, lo que hoy representa el gobierno venezolano ofrece tan pocas perspectivas emancipadoras como el eje de poder no occidental dominado por China, en el que Caracas se apoya crecientemente en materia de política exterior. Frente al autoritarismo que se ha intensificado durante años bajo el gobierno de Nicolás Maduro, la izquierda no debería guardar silencio ni relativizar la represión contra la oposición de izquierda, los sindicatos independientes y las organizaciones de derechos humanos.
La crítica al intervencionismo imperialista de Estados Unidos es no solo legítima, sino necesaria. Pero el imperialismo estadounidense, por sí solo, no explica ni justifica la totalidad de los problemas sociales, políticos y económicos que atraviesa hoy Venezuela.
En la medida en que ni las intervenciones imperialistas ni las alianzas autoritarias que se les oponen ofrecen horizontes emancipadores, se vuelve necesario pensar formas de acción política que no se inscriban en la lógica de los bloques estatales de poder. En un contexto marcado por la intensificación global de la guerra, el rearme y la represión, los Angry Workers remiten a luchas pragmáticas y poco espectaculares, orientadas a intervenir directamente en el funcionamiento material de los aparatos bélicos y represivos: huelgas contra el uso militar de productos industriales, bloqueos de trabajadores portuarios a barcos que transportan armas, y acciones similares.
Este tipo de conflictos muestra que la política de clases no nace de programas abstractos ni de alineamientos geopolíticos, sino de disputas concretas en los ámbitos de la producción, la reproducción social y la confrontación cotidiana con la violencia estatal. También en la propia Venezuela existen formas de autoorganización solidaria que se sitúan al margen tanto del Estado como del mercado. Un ejemplo conocido es la cooperativa Cecosesola, que desde finales de la década de 1960 abastece a decenas de miles de personas con alimentos y servicios de salud, sin financiación estatal, sin estructuras jerárquicas y sin regirse por la lógica de los precios de mercado.
Es cierto que estas experiencias no cuestionan de forma frontal las relaciones de propiedad y poder existentes, y que su alcance sigue siendo limitado. Pero precisamente en tiempos de crecientes crisis sociales, ecológicas y geopolíticas, la solidaridad de clase se convierte en una condición material para la supervivencia. Sin recurrir a un romanticismo catastrofista ni a promesas de emancipación total, estas prácticas apuntan a una conclusión incómoda pero necesaria: la transformación social depende menos de los grandes relatos y más de las formas concretas de cooperación y resistencia que se construyen desde abajo, más allá del Estado y del mercado, y también más allá de un antiimperialismo reducido a la defensa acrítica de bloques de poder estatales.
El texto fue publicado originalmente en alemán en el periódico de análisis y debate “Analyse und Kritik”, en Alemania: https://www.akweb.de/politik/usa-venezuela-maduro-imperialismus-ein-neuer-krieg-um-oel
